Las cosas por fin están llegando a su cauce. Me he pasado 9 días con bronquitis, en los últimos días aguda. Estuve sin seguro medico, y por fin me decidí a llamar a mi médico de cabecera. Me alegro de tener a esa doctora, pues le conté mis síntomas por teléfono y me recetó antibióticos el martes. Ya estoy mucho mejor, aunque el portador y contagiante fue Josh.
Por fin lanzamos el minisitio que en teoría dirijo a diario en Univision.com. Creía que iba a ser una locura prolongada, pero sólo lo fue durante dos o tres días. Creo que está muy bien.
Mi madre ha decidido pasar por el aro, y vendrá a la «boda» del 7 de julio. Los preparativos parecen que van bien, pero menos mal que se está encargando Josh y familia, pues no tengo la paciencia ni el gusto para prepararlo.
Frank, desde Santo Domingo, me anuncia que dirigirá su propio programa de televisión pronto, y confirma, que efectivamente no tengo buen gusto.
Es verdad, acabo de terminar de leer Morir de glamour, por la loca de Boris Izaguirre, y muchos de los conceptos me parecen frívolos, o por lo menos distantes. Debo reconocer que Izaguirre, en su calidad de guionista de culebrón, escribe bien, o por lo menos sabe contar las cosas. Quizá sea lo mismo.
Eso sí, sufre del síndrome de irse por las ramas, después por los cerros de Úbeda y por último volver al concepto que estaba explicando hacía unas 10 páginas.
Me irrita mucho leerle así, pero admito que es un instrumento que sabe utilizar.
Escribir para un periódico ha sido una escuela muy buena, y a la vez muy mala. Pues no te permite en el fondo desarrollarte como escritor, sino como cronista. Generalmente, las cosas que escribo tienen un principio y final detallado, con todos los pormenores básicos de por medio. No me tomo la licencia literaria de escoger cosas para ampliar mientras desprecio otros detalles.
Y eso, sopesar las situaciones y elegir cuál será la mejor para ampliar y explicar, mientras se dejan atrás las innecesarias, es la clave de la buena literatura.
Pero en fin, volviendo al tema de estilo, que me parece sumamente frívolo, debo repetir que ni yo mismo me parezco gay, en el sentido amplio de la palabra. Eso, desde la perspectiva militante, es bueno. Me gusta el fútbol, soy increíblemente desordenado (aunque muy higiénico, eso sí), mi forma de vestir no hace juego ni de milagro. Rompo muchos tópicos de una vez.
Pero es malo desde el punto de vista personal, porque es terrible no tener buen criterio, no poseer ni un ápice de estilo ni vanidad.
Quizá el estereotipo homosexual se refleja más en mis sensibilidades, sobre todo por la música y por las formas.
Y si adolezco de estilo y me duele, pecar por exceso de modales es también a veces espantoso. En muchas ocasiones creo que soy la única persona que pide todo por favor y da las gracias en cualquier ocasión. Me di cuenta el otro día, cuando me llamaron por teléfono para una encuesta. La señora que hacía las preguntas era lo más maleducada posible, y la tuve que interrumpir para preguntarle que si se le había cruzado por la cabeza pedir las cosas por favor.
