La depresión me pilla hoy totalmente por sorpresa. Problemas con la batería de mi coche, y arreglarlo me sale por un dineral. Resultado: estoy sin un kilo, como dicen los cubanos.
Me paso el día una especie de letargo, no quiero salir, no quiero llamar a nadie. Qué suerte, porque nadie me llama. Cuando estoy hablando con Josh en nuestra llamada nocturna, me doy cuenta de lo deprimido y triste que estoy, y claro, él también.
De pasar a ser el «happy fool» que mis amistades me llamaban en mi adolescencia, he pasado a ser un sad fool. Esta mañana, después de arreglar el coche, me fui a comprar un reloj, y me di cuenta en el espejo los ojos de tristeza que tengo.
Volviendo a la conversación, en plena explicación se me saltan las lágrimas, me estoy dando cuenta que no pueden seguir las cosas así. Llevo 10 meses consciente del hecho, pero ya me temo el día fatídico en el cual me levante y no pueda aguantar más. Lo veo venir, ya me acechan los pasos.
Josh está intentando por todos los medios venir aquí, aunque sea para estudiar, pero si tiene la misma suerte que he tenido yo buscando empleo en Dallas, veo las cosas muy mal. El tiempo pasa, las semanas se convierten en meses, y seguimos estando separados.
Todo esto, claro, es responsabilidad mía. Algún día decidiré terminar este castigo y ya veremos lo que pasa. Pero me recuerda a la tristeza que me da en todas las Navidades y Año nuevos, recordando a mi hermano Hugo. Son cosas inevitables.
Menos mal que soy demasiado inconsistente para ser alcohólico, pues si no sería uno espectacular.
