Cada vez que me pasa lo del otro día con Felipe, hago el siguiente ejercicio. Me acuerdo de mis días entre mayo y julio de 1992, en Collado Villalba (Madrid).
-Me levanto a las 6.
-Salgo de casa a las 6'45.
-Llego al autobús municipal a las 06'58, que recorre medio municipio antes de llegar a la estación. Me monto a las 7'16 en el tren a Madrid.
-Llego a la estación de Nuevos Ministerios a las 7'51. Voy andando hasta la plaza de Lima para dar una clase de inglés de 8 a 9.
-A las 9, me monto el metro hasta el Barrio de Concepción, y ando varias manzanas hasta el edificio AGF, donde trabajo hasta las 5 p.m.
-A las 5 me las arreglo para ir en metro hasta la estación de Atocha, de ahí cojo tren hasta Alcorcón. Al bajarme, me monto en autobús hasta el polígono industrial y ando seis manzanas entre naves industriales, ya casi en Leganés, para dar otra clase de inglés de 6 a 7.
-Repito operación de vuelta hasta llegar a Atocha, a casi las 8 p.m.
-El tren me deja en la estación de Villalba a las 8:48. Espero al autobús de las 9:15. Llego a casa a las 9:40. En lo que camino las manzanas cuesta arriba, me doy cuenta que no quiero ver a Felipe, rezo para que no esté, tanto ha naufragado nuestra amistad.
Ya me siento mejor.
Mi madre, naturalmente, se tomó la conversación de la otra noche a mal. Es muy difícil razonar con ella, mejor le dejo las cosas como estaban, y pelillos a la mar.
Josh me dice que odia Miami, que lo aborrece, mediante una comparación de nuestra magna ciudad con la detestable Houston. Si regresa nos lo vamos a pasar muy bien. Así no vamos a ningún lado.
