Ayer hablo con Felipe online, por AOL. Me pongo un poco nervioso, y la verdad es que no sé por qué. Se va a la universidad, dice, y está indeciso entre Gainsville y Arizona. Estuvo seco y cordial. Me pregunta por mi «novio» (estoy empezando a odiar esa palabrita, pues tras cinco años de convivencia, somos bastante más que novios) y más o menos le cuento a grandes rasgos.
Lo de Felipe es curioso, pues mi parte ingenua le envidio porque parece ser libre, pero en realidad es un publicista de cuidado. El problema, claro, ocurre al rascar la superficie. No entiendo mi apego, debo ser muy imbécil por sentir algo hacia él.
El otro día hablo con Eduardo, me cuenta de un ex-bailarín «exótico» (de los que bailan por dinero en bares gays) que en teoría es straight. Le llamó a su casa, y sin conocerle mucho (bueno, en cierta manera, sí), le va a recoger. Me cuenta que se pasa la noche en casa, y cuando parece el prólogo de los encuentros eróticos que Eduardo tiene con hombres heterosexuales, no pasa nada.
Pero es peor, pues el chico quiere ser cantante (anhelo muy común en Miami) y vive con un señor de 75 años, que le sufraga los gastos. Es muy nervioso y anda para arriba y abajo nerviosamente, como un loco. Eduardo, quizás la persona más aprensiva que conozco, me preguna que cómo le puede pasar eso a él, que por qué se mete en estos líos.
La respuesta, en parte, también se me aplica a mí. Llevamos vidas que nos parecen tan aburridas que cualquier estímulo o sensación externa fuera de lo común nos atrae.
Anoche me paso tres horas en el periódico, hablando con la gente (todos se quieren ir) y con Olga, que va a dejar de ser directora de Viernes. Un par de personas me saludan porque no les queda más remedio, pero nada cambia.
El diario tiene un efecto curioso en la gente. Cuando trabajas ahí es como estar en una pecera, y por defecto estás en el centro del mundo. Al salir, sin embargo, te das cuenta que dejas de ser el centro de atención. Si eres muy egocentrista (que no lo soy, pese a lo que queda a veces plasmado en estas páginas), irte es muy difícil.
Cuando hablo con Josh, me dice que se despertó enfadado conmigo. ¡Si no dormimos juntos! Fue, claro, a raíz de un sueño en el cual había sido infiel. No quiero citar a Lope de Vega, pero que conste mi fidelidad en su ausencia. No ha sido nada fácil, y más que por el tema carnal, por el de la presencia física. Todavía me acuerdo de los días en que llegaba a casa y me preguntaba si iba a estar su coche o no.
Ya llevamos casi ocho meses en esto, y a veces aguanto por un hilo. Lo peor es la costumbre de vivir solo, con lo ermitaño que soy. Para colmo, quiere un compañero de piso, lo cual representa mala administración. Gana 52.000 dólares al año, aquí ya no paga nada, y encima no tiene dinero para comida.
No sabe qué hacer, si venir o quedarse, por el momento va a pasar el mes que le he brindado para ver si consigo trabajo en otro lado. Pero empiezo a dudarlo.
