La soledad se ha apoderado de mí desde ayer, sin apenas paliativos. Llamé a Alain y Javier para ver si querían ir al cine, pero no me contestaron. Iba a llamar a Marta, pero me acuerdo de que se está preparando para la mudanza. Resultado, voy solo.
Por lo menos, me digo, no estaré encerrado en casa. Como me había echado una soberana siesta de tres horas, me siento refrescado y decido ver dos películas. La primera, Wonder Boys, con Michael Douglas, Frances McDermont, Robert Downey, Jr., y el insufrible Tobey Maguire, es excelente. Rápida, imparable e inteligente.
Aprovecho los 20 minutos entre filmes y me voy a comprar comida al aledaño Winn-Dixie. Mientras compro comida de perro (¿dejaré alguna vez de comprarles comida?) y una botella de Rioja blanco, me ataca la soledad. Me doy cuenta que hace 12 años hubiera hecho lo mismo. Tanto éxito profesional y personal, y al final hago la misma mierda que en 1988.
Antes me gustaba la soledad, en el fondo soy un ermitaño arrepentido, pero últimamente me intranquiliza. No sólo por dicho arriba, sino además porque me viene mal para el carácter y convivencia con Josh.
Después de deprimirme de esta manera, me meto a ver la larguísima Erin Brokovich, con Julia Roberts, Albert Finney y Aaron Eckhart. Quizás sea porque estoy de mal humor y ansioso, pero no me gusta mucho. Necesita edición y en comparación con la ágil Wonder Boys, sufre mucho. El final predecible llega y ya estoy aliviado. El cine me gusta, pero se ve que en estas condiciones, no.
Cuando hablo con Josh, le digo que estoy con mucha soledad, que le hecho de menos. Se lo he dicho antes, pero nunca me había sentido como hoy. No sé si entiende, está acostumbrado a aguantar los chaparrones de mi personalidad y sus everestianos y profundísimos altibajos. No sé explicarme debidamente. VENTE, COÑO. Pero no me atrevo, prefiero sumirme en un océano de agresividad pasiva, como dicen los sicólogos.
Hoy son los Oscares, veremos cómo mete la pata la academia. Me he propuesto terminar mi página en Chueca hoy. Ojalá.
