Menudo día, me ha recordado en muchos aspectos a los que tenía tan ajetreados en el periódico.
Amy, la reportera que trabaja conmigo, se ha vuelto como la nitroglicerina. Hay que tratarla con pinzas y puede estallar en cualquier momento. Ayer pidió un par de días libres, le dije que se los tomara, aunque no cumplía con la política de la empresa de pedirlos con cinco días de antelación.
Cuando se lo comunico a mi jefe, Will, me dice exactamente lo mismo. El primer error fue decírselo tal cual a Amy. Se pone como una fiera y se pasa de la raya. Después, la dejo en su caldo, el segundo error. Hoy por la mañana viene tardísimo y renuncia.
Me he quedado sin los dos reporteros que teóricamente dirijo. Y eso que me considero buen jefe, mando mediante el ejemplo de trabajar como un burro y espero que me sigan. Soy afable y amistoso. Se lo digo a Roberto, mi jefe inmediato, y me dice que mandar a veces acarrea decisiones muy desagradables. Sabias palabras.
Todo el día he tenido un trabajo enorme, pues estamos haciendo una nueva sección de preguntas y respuestas, además de tener que llevar el lío de una tasa de interés errónea del BBV en Puerto Rico. Muchas llamadas, muchas cartas, pero por fin lo resuelvo. Termino el prototipo de la nueva sección y se la enseño a Roberto. Le gusta, menos mal.
Una amiga de Sarah ha venido a pedir el puesto, y entre mi trabajo habitual, estas dos cosas y lo de Amy me estoy subiendo por las paredes. De repente, nos enteramos de la noticia de que un grupo de inversores ha decidido demandar a la empresa por manipulación de datos durante la OPA hace 10 meses. Las acciones pierden casi la mitad de su valor en cuestión de horas.
En mitad de esta vorágine, uno de los empleados de la empresa que comparte oficina con nosotros se le ocurre sentarse al lado de la chica que está haciendo las pruebas del trabajo. Con mucha adrenalina, le voy a pedir que baje la voz. Me mira como si estuviera a punto de matarme (lo que le hubiera esperado al pobre).
No dice nada, y los grados de tensión en nuestra minirredacción crecen a pasos agigantados. Me sigue mirando, mientras le repito, «¿me has oído?» Con su ojos llenos de odio, no puede sin embargo corresponder el enfoque a su boca. Balbucea que no ha hecho nada, y se levanta. Durante el resto de la tarde me mira de muy mala manera. Doy parte a Roberto y le mando a tomar por culo.
No está el horno para bollos. Llego a casa y Windows tiene problema de registro. No puedo entrar a esta máquina. Vaya, vaya...Un día inolvidable.
