Un corresponsal (y de esos tengo muchos) me pregunta desde un país latinoamericano:
Tengo 15 años, y quiero decirle a mi familia que soy gay. ¿Qué hago?
Mi consejo ha sido sucinto: Mientras no puedas contestar la pregunta «¿Y cómo estás tan seguro de que lo eres?», es mejor quedarse callado.
Añadí que debido a la situación, en la cual se arriesgaba (levemente) ser expulsado de casa, era mejor tantear el terreno con una mención de la decisión en Argentina para ver dónde van los tiros.
Y sé que es una situación de doble rasero. Si el chico le pidiera consejos para seducir a la vecina, el padre no le preguntaría si está seguro, sino que por general le apoyaría.
Si una quinceañera le pidiera consejo a su madre sobre un compañero de clase, no le contestaría con un «¿Pero cómo puedes estar segura a tu edad?», fulminante y predecible en una declaración de amor sáfico, sino que le daría consejos para mantener al interesado en raya pero a la vez camelarle.
Se puede decir que esto es normal ya que somos una minoría sexual y que bueno, obviamente nuestros padres no lo son. Pero aún así jode un poco.
Hace dos semanas escribí penosamente sobre la ola de calor que azota la zona. Pero aunque no hemos vuelto a valores salvajes como los 39 grados del pasado 6 de julio, todos los días rozamos los 35.
Pero una señal de que esto de común no tiene nada ha sido las temperaturas mínimas. Desde el 3 de julio el mercurio no ha bajado de los 22 grados. O sea, noches opresivas.Por cierto, 19 días consecutivos a más de 22 grados (70 Fahrenheit) es un récord.
A diferencia que otras películas en cartelera, Cyrus no opta por los efectos especiales, tramas burdas o risas baratas. Más bien pone un elenco de primeros actores (John C. Reilly, Melissa Tomei, Johan Hill y Catherine Keener) y les suelta en un argumento tan honesto como optimista.
Reilly es un cuarentón divorciado, deprimido porque su ex mujer (Keener) está a apunto de casarse con otro. Conoce de repente a Tomei, e inmediatamente saltan las chispas de amor.
Todo parece ir increíblemente bien a la nueva parejita, hasta que se topan con el hijo de Tomei, un rarito interpretado por Hill sin tapujos ni reservas: quiere a su madre para sí y no va a permitir que un desconocido interfiera en la relación rayana en lo edipal.
Muchos optarían por meterse en una onda tremendista o absolutamente burlona. Pero Cyrus navega las aguas de esta complicada situación dando vela a la desesperación de ambos personajes masculinos, que en el fondo quieren camelar a la Tomei, cada cual a su manera. Al ser tan visceral, es absolutamente creíble. Chapeau.
Son casi las ocho de la tarde y el sol se está poniendo sobre Nueva York. Apuro unos pasos más en Amsterdam Avenue para fotografiar la antigua comisaría de la 151, una maravilla de la arquitectura francesa con buhardillas espectaculares.
Veo que hay un espacio entre dos coches para hacer la toma, y no dudo en cruzar desde la acera. Pero no me fijo en que hay una pequeña separación para el césped entre el bordillo y la acera, con una valla de unos 15 centímetros de altura.
Tropiezo y me caigo de bruces. Me hice un poco de sangre pero nada más. Cuando era niño todos los fines de semana me pegaba mis porrazos, y la mercromina, agua oxigenada, las tiritas y los polvos de azov se hicieron compañeros inseparables.
Las hematomas han venido después, y después el cuerpo que me recuerda que 42 años no pasan el balde. Me ha costado un poco más recuperarme esta vez, me tengo que fijar un poco más.