Viaje a República Dominicana, diciembre 2004
Según mis dos compañeros de viaje, tenemos sal. Un dominicanismo que viene a significar mal fario o mala suerte; que somos gafes, vamos.
Primero, la operación Rescate de Maleta Extraviada fue un desastre. A las 7 a.m., la aerolínea creía teneral, pero «no hemos inventariado el lote de maletas que está aquí, probablemente la suya también».
A las 8:55, recogemos a Wendy, amiga de Miguel Ángel, en una concurrida semiesquina de la Máximo Gómez con la Kennedy. Pero era la equivocada (la semiesquina, no Wendy), y Miguel tuvo que ir a recogerla, cruzando el tráfico. En una ciudad donde se desprecia tanto el código de circulación, no pensé que los conductores iban a ser tan soeces con alguien como yo que quisiera cambiar de carril para hacer tiempo.
Cruzando, Miguel se equivoca de jeep y casi acaba en manos y vehículo de un desconocido. Después, el centro de llamadas de la Verizon en la Máximo Gómez no funciona. Intentamos llamar desde otros dos teléfonos públicos, y ambos están averiados. La Codetel no es lo que era antes.
Decidimos ir al aeropuerto directamente, tentando a los dioses. Pero me meto por la calle que no es, y acabamos dando dos vueltas por avenidas circunvalatorias (La San Vicente de Paúl y la Charles de Gaulle, antes de llegar a la bendita autopista del Aeropuerto. Pero fue en vano, el equipaje llegaría en un vuelo de carga esa misma tarde, me juraron, a las 6. Volver a cruzar la ciudad, para meternos en la Autopista Duarte, que lleva hacia el noroeste.
La paradisíaca Península de Samaná está al noroeste de la Capital, pero debido a accidentes geográficos y a una carretera de peaje que sigue en obras teóricas, el desvío para alcanzarla es gigantesco. Primero hay que cruzar la Cordillera Oriental, para luego entrar por una carretera secundaria por «ciudades» como Maimón, Cotuí y Pimentel. Pensaba que el trayecto sería atroz, pero no. Hasta llegar casi a Pimentel, la pista está en excelentes condiciones. Entonces llegan los baches, una cadena de socavones y charcos que desafían cualquier pensamiento linear.
Posteriormente, los desvíos. Llegamos al cruce con la carretera de Nagua tan agitados que ya estamos listos para ser usados. La malísima carretera, los aventurados choferes que deciden adelantarme aun cuando hacemos caravana y la intensa lluvia estresarían a cualquiera, y a mí mucho.
Pero entonces, Samaná. Como en una película de Hollywood, se levantan las nubes, mejora la carretera, y de repente hay palmeras, pintorescas lomas y playas tropicalísimas por doquier. En el restaurante del Malecón de Samaná nos clavan tres platos bastante sencillos (dos chowfan de pollo y unos espaguetis a la boloñesa) a nada menos que 1800 pesos (unos 65 dólares).
Una vez comidos y estafados, nos vamos a la punta occidental de la península. A Las Galeras llegamos a media hora del anochecer, y después de preguntar en un par de lugares y aprovecharnos de que hay mucha gente, logramos dos habitaciones en primera línea de mar en <a href="http://www.club-bonito.com/spanish/index.html">Club Bonito</a> por 110 dólares. No está mal.
Al caer del sol, caigo yo. No me he librado mucho de la bronquitis, y con todo el estrés, el cuerpo me está pasando factura.En Club Bonito descansamos la primera noche, arropados por la palmera y la brisa.
A veces menosprecio el impacto que tiene la naturaleza en mí. Hoy en particular ha sido la singular belleza de la Península de Samaná. Me volví a encontrar con mi playa favorita de Rincón, esta vez hecha un verdadero asco: llena de basura y algas. No sé qué me hace sentir peor: el hecho que hace 14 años esta fuera una playa prácticamente virginal, o que se vea el terrible desenlace del impacto humano.
A mis acompañantes, ambos domincanos, les gusta mucho más Las Terrenas y sus turísticas playas, y las panorámicas que ofrece la sierra de Samaná. Pero no, Rincón para mí sigue siendo consigna exótica, una especie de xeito tropical donde me siento bien, con botellas de plástico por doquier y todo.
El desayuno en Club Bonito ha sido encantador: fruta y comida bien hecha. Felicito al encargado de la recepción, es muy fácil caer en desuso y mala administración por estos lares, pero aun con una tasa de ocupación que no rebasa el 10 por ciento, logran brindar un servicio genial.
El cambio entre la playa y la montaña no es radical; más bien largo. Lugares tan poco atractivos como el extenso pueblo de carretera que se llama La Pichinga (sin comentarios) o el bullicioso San Francisco de Macorís, tan distante en apariencia y espíritu de su tocayo californiano. Conducir en Santo Domingo me cansa, no me acordaba de las numerosas tensiones que pueden representar medio mundo en moto, los constantes baches y el desacato casual a cualquier código de circulación.
De los llanos del centro de la isla trepamos súbitamente las escarpadas lomas de la Cordillera Central. La carretera que lleva a Constanza, conocida como la de Casabito, es amplia. El problema es que en un par de tramos las maravillosas vistas y caídas están en el mismo firme: hasta tiene un gigantesco boquete que de caer desprevenido en él te llevaría a la misma muerte.
Pero la puesta del sol por la zona es espectacular...debido a una falta de carteles, nos perdimos y no llegamos a nuestro alto destino hasta la noche.
Rancho Guaraguao es un capricho: la cabaña sin calefacción vale más de 200 dólares, pero su vista del valle intramontano de Constanza merece la pena. Eso sí, hemos pasado una noche de frío, pues cuando estás a 13 grados dentro, no es nada placentero.
Existen muchos tipos de turismo, en algunos de los cuales me he visto involucrado: turismo sexual, ecoturismo, turismo traducional, turismo de altos recursos, turismo económico, etc. Pero creo que voy a ser el pionero del masocaturismo, en el cual lo pasas fatal, pero el hecho de tener buena compañía, disfrutar del viaje en otros contextos, y, lo reconozco, vivir para contarlo, te lo hacen pasar bien.