Viaje por la zona del Gran Cañón, 2003

Día 0. Viernes, 23 de mayo.

El vuelo llega a Las Vegas a las 20:30, y en el tren que lleva a la terminal central me percato de la abundancia de caras jóvenes. Esa visión que tengo de Las Vegas como un imán de adictos a los juegos de azar es falsa. Cada vez más se está convirtiendo en el tercer centro de entretenimiento del país, detrás de Nueva York y pisándole los talones a Los Ángeles. Los fastuosos casinos y numerosos espectáculos son más y más variados. Y se logra una visión aséptica de Nueva York, Venecia, París y otras tantas ciudades, de tal forma que atrae al turista poco viajado. Ver todas las fotos.

En la agencia de alquiler no hay todoterrenos, me alquilan un coche bueno, pero no me puedo meter en caminos de grava. Tendría que reestructurar el viaje. Me dicen que pregunte mañana por la mañana. Llego al motelucho, un Econolodge cerca del centro. Es casi la medianoche, pero debido a la ansiedad no puedo dormir. Cruzo la calle hasta el Walgreen's y compro un par de artículos. Concilio el sueño a eso de la 1 a.m.

Día I. Sábado, 24 de mayo.

Me despierto a las 4:30, me ducho y llamo a la agencia para ver si tienen el todoterreno. «Vuelva a llamar a las 6 a.m.» A esa hora llamo desde el vestíbulo del Hotel Paris, y acaba de entrar un Jeep Grand Cherookee. Es casi como un tanque, pero además, vuela. Piso ligeramente el acelerador y se monta a 140.

A las 9 estoy en St. George, en la zona donde se encuentran los estados de Nevada, Arizona y Utah. Aquí empieza la carretera forestal 15, que baja casi hasta el Gran Cañón.

Los primeros 20 kilómetros discurren en un camino de grava, bastante polvoriento. Los dos o tres coches que me adelantan dejan una gigantesca nube que acaba posándose en el coche. El árido paisaje se vuelve más y más desolador. A las 10:25 la carretera trepa Hurricane Cliffs, una falla de unos 600 metros de altura que se levanta como un muro de 200 kilómetros de largo en la meseta al norte del Gran Cañón. El camino se vuelve estrecho y más peligroso, pero peor sería tomarlo cuesta abajo.

Tras cruzar las faldas de Mount Trumbull, la carretera va hacia el sur, al mirador de Toroweap. Al entrar al Parque Nacional, el polvo deja paso al pedregal, y hay que disminuir la velocidad bastante. A las dos horas y media y 120 kms. de St. George, he llegado a Toroweap. Abajo, el Colorado me espera. La gente opina que Toroweap es el mejor mirador del Gran Cañón porque aunque está un poquito bajo (a sólo 1.500 metros de altura), la vista del río es ininterrumpida. Y es cierto. Hace milenios el Colorado cortó un agujero entre las paredes de lava que surgieron del cercano Vulcan's Throne (que ahora parece un tranquilo cerro), creando la panorámica más angosta del río.

El lugar tiene un libro de registro y un retrete, y hay unos 10 coches. Algunos están tomando el sol, otros miran boca abajo al peligroso borde, donde no hay ni una sola barrera. Cualquier desliz y acabas en el río. Hay dos miradores entre las rocas, uno septentrional y otro meridional. Me quedo casi una hora, observando el maravilloso punto. No me percato del calor, ni de que no estoy bebiendo mucho. A las 12:30 emprendo el camino a Kanab Point. Hace unos 32 grados de temperatura, según el termómetro en el Grand Cherokee.

Kanab Point es uno de los puntos más remotos del Gran Cañón, me atrevería a decir que el más remoto por carretera. Coronando la confluencia del cañón de Kanab Creek y el del Colorado, es como ver un anfiteatro dedicado a la erosión. Pero el camino no está indicado con carteles, y sabiendo eso, me he comprado un GPS, un aparato que gracias a la tecnología existente, puede determinar la latitud y longitud,a unos 10 metros de exactitud. Para hacer senderismo y para la navegación entre varios caminos, es mano de santo.

Gracias al GPS, logro evadir varios caminos incorrectos. Y a medida que me acerco a Kanab Point, la carretera se vuelve peor. La gravilla y la arena ha sido reemplazada por piedras y hendiduras en el camino, y apenas puedo alcanzar los 15 kms./h. Desde la Carretera del Bahoruco y la Internacional, no he visto firme en peor estado. Son las 2 de la tarde cuando por fin llego al punto, y aunque es bonito, no me parece tan espectacular como se prometía. Aunque tiene altura (casi 1.800 metros), hace bastante calor. Empiezo mi caminata por el borde de la confluencia de ambos cañones, y me sorprendo de la erosión de Kanab Creek, que apenas es un arroyo y parece tener el cañón de un río gigante.

Ya volviendo de mi círculo, cansado, sudado y algo jadeante, me encuentro con dos jeeps. Sus pasajeros, matrimonios con pinta de estar jubilados, están merendando al borde de un farallón. Les saludo, me ofrecen cerveza, declino, y vuelvo a mi Grand Cherokee. Veo que el neumático inferior derecho está deshinchado, tengo que cambiar la rueda. El primer susto me lo llevo cuando encuentro el gato, pero no la manivela ni la llave (estaban debajo del asiento trasero). No me percato que el jeep está en un desnivel, y que si no sujeto las otras ruedas con piedras, el gato se va a desequilibrar. Los merendantes vienen a ver lo que pasan, y me dicen lo de las piedras. Saco por fin la pinchada, pero cuando intento meter la de repuesto, no cabe.

«Tienes que excarbar para que entre», me dice uno de ellos. El sol está picando de lo lindo, creo que estamos a casi 35 grados temperatura, y a 1750 metros de altura. En qué mal momento se me ocurrió venir. Empiezo a cavar con el gato, vuelvo a intentar entrar la rueda, pero nada. Repito la operación, mientras mis cuatro observadores se limitan a darme consejos. Nada, no cabe, a excarbar más con el gato. A la tercera intentona estoy cubierto de sudor, y uno de los observadores, que ya me he dado cuenta que son ex militares, me aconseja beber agua. Bebo, y voy por la cuarta, ya me parece que me estoy cavando mi propia fosa. De repente, la cabeza me da vueltas, el corazón empieza a latir, me siento con náuseas. Intento devolver, no puedo....recobro el conocimiento sentado en una goma, con una señora echándome agua y poniéndome hielo en el cogote.

Me siento rebautizado, «no hables, tranquilo», me dice la señora. Es casi como un ángel. Me obligan a sentarme en el jeep mientras terminan de cambiar la puñetera rueda. Uno de ellos, Ralph, se ofrece a conducirme hasta la carretera asfaltada, a unos 60 kms. de aquí. Formamos una caravana de salida de tres vehículos, con el mío enmedio. Ralph se llama el señor que conduce el Jeep (en plena violación de mi contrato de alquiler), y me dice que nunca ha conducido con un cadáver dentro, y que no va a empezar ahora.

«Menos mal que estábamos aquí, porque te podrías haber caído y a lo mejor te despertabas a los cinco minutos, a lo mejor no». Al poco me lo repite. Me pregunta de dónde soy, en qué trabajo y sobre mi familia. «¿Y no te quiso acompañar tu mujer?» Esquivo la respuesta, digo que quise venir solo, nadie me quería acompañar. «¿Tenéis hijos?» No, antes de tenerlos nos queremos ir de Miami. «¿Y ella es de España también?» Esta es una pregunta imposible de contestar en inglés sin utilizar un pronombre con género, o sea que le aclaro que no es mujer, que es marido. Pone cara de asco, de espanto, y musita «Oh, ya veo».

Al poco, tras el tercer «Menos mal que estábamos aquí», nos paramos. El «capitán» dice que hemos tomado el camino equivocado. Yo le contesto que no, que vine por aquí. Toda la vida he tenido obsesión con los mapas y con la geografía, pero este señor tiene algo peor todavía. Empieza a sacar planos, a describir coordenadas, y creo que ya está a punto de decir «mi GPS es más grande que tu GPS». Por fin me cree y seguimos, yo ya conduciendo mi coche.

Llegamos casi una hora más tarde a la carretera general, entre nubes de polvo que me recuerdan al Correcaminos. Se están despidiendo de mí cuando de repente escuchamos un sonido de algo que se deshincha. Es mi rueda trasera derecha. Les insto a irse, pues ya estoy cerca del pueblo de Fredonia, y llamo al servicio de ayuda en carretera AAA. Durante la espera, creo que se ha acabado mi viaje. Arreglar o reemplazar dos ruedas pinchadas en el campo va a ser casi imposible. Son las 6:30 de la tarde del sábado, y me veo con el fin de semana jodido.

Me recoge un tal Tony con su grúa. Me informa que hay muchos turistas imprudentes con pinchazos hoy, incluyendo uno que ha sufrido cuatro simultáneos en Tuweep. «¿Cree que hoy o mañana encontraré un servicio que me arregle las ruedas?» «Te las puedo arreglar yo, hoy mismo». Me parece increíble, pero es verdad. En su taller, Tony pone parches, recibe visitas, saluda a clientes y dos horas más tarde, ha realizado el milagro. Y sólo me cobra $60, una ganga. «Me he divertido mucho arreglándote las ruedas», comenta. Me imagino que se refiere a la llave que ha causado el segundo pinchazo.

Y claro, se me olvidaba que en los pueblos, todo es posible y todo se arregla. Quizá de manera temporal, pero hay más espíritu de solución inmediata que en las ciudades. Llego al hotel, en Kanab, a las 8:30. Estoy hecho polvo, y ceno comida china con Gatorade.

Día II. Domingo, 25 de mayo.

Madrugo, y el amanecer de las 5:15 me sorprende en la carretera, muy cerca de donde me sorprendió hace año y medio. Voy camino al borde norte del Gran Cañón, más remoto y menos visitado que su primo al sur. La carretera sube por la inmensa meseta de Kaibab, que cubre casi 2.000 kms. cuadrados, y la mayor reserva de árboles ponderosa de todo el país. Aunque el río Colorado ha logrado erosionar todo tipo de obstáculos, no ha podido por ahora (quizá en 5 millones de años más) con el Kaibab, que en sus puntos más altos se alza a 3.000 metros sobre el nivel del mar. Por lo cual, el Colorado empieza una curva hacia el sur.

La carretera hasta el borde norte está cubierta de pinos, y en primeras horas de la mañana hace bastante frío: 3 grados. Una de las razones por la que mucha menos gente visita el borde norte es por su distancia (a casi 250 kms. de una autopista; el borde sur está a unos 60). Otra es que debido a la altura, el lado norte cierra por razones de nieve desde noviembre hasta mayo. Pero el albergue en el lado norte es espectacular, con un comedor que da directamente al cañón, y un sinfín de bungalows en el bosque. Las vistas son espectaculares, sobre todo la de Angel Point, a 1 km. por un sendero.

Desayuno el bufé en el albergue North Rim Lodge, con los cañones escarpados como compañeros de mesa. A la hora estoy en la meseta de Cape Royal, que intenta tocar el Colorado. Es el único punto desde el complejo turístico del North Rim desde donde se ve el Colorado, tras andar por un sendero fácil de unos 1.500 metros. La bajada desde la meseta de Kaibab hasta el Colorado es un estudio de cambio de geografía. Desde el frondoso bosque se pasa al más árido de los desiertos en cuestión de hora y media, pasando por delante de los coloradísimos Vermillion Cliffs.

El puente de Navajo Bridge es el único que cruza el Colorado hasta casi 300 kilómetros después, en la presa de Hoover Dam (que está a 550 kms. de aquí). De los 10 grados he pasado a los casi 40. Y secos, como si alguien te chupara el agua con una aspiradora.

He calculado mal la llegada a mi tour por la cueva de Antelope Canyon, y por eso creo que tengo que estar en esa ciudad a las doce, en vez de a la una (el tour empezaba a la 1:30). Veo todo con rapidez y empiezo a acelerar para llegar a Page a tiempo. Llego, para darme cuenta que me podría haber pasado tres cuartos de hora viendo otras cosas. Consigo mi reserva en Antelope Tours, y bajo al mirador de la presa de Glenn Canyon, razón de ser de Page, un pueblo construido en un cerro e inexistente hace 60 años. Tengo mucho calor, el sol aprieta de lo lindo y los labios se me han resecado. Me compro pomada y Gatorade, y sigo al tour. Tengo mucho calor y me duele la cabeza, pero sigo.

Las cuevas de Antelope Canyon (en realidad un cañón, pues no está cerrado del todo) fueron descubiertas por pastores navajos durante el siglo pasado. Durante años fueron víctimas de pintadas, publicidad y hasta balas de estudiantes borrachos. La nación Navajo las convirtió en parque nacional (de su reserva, se entiende) y actualmente sólo se puede entrar pagando un tour. Están a unos 6 kms. del pueblo de Page en sí, y se alcanzan mediante una amplia rambla cubierta de arena. Ir montado en las furgonetas durante el trayecto es casi como ir en lancha. Por fin llegamos, tras casi 20 minutos de viaje. El cañón está fresco, y los primeros 20 minutos de la visita son guiados, la media hora restante es libre.

Según el guía, el cañón sufre enormes riadas repentinas, que cada lustro más o menos limpian los recovecos. «El año pasado, la arena que pisamos ahora estaba cuatro metros más alta». Las curvas sinuosas y la iluminación es mágica, desde que me enteré de la existencia de este lugar, un mes tras pasar por la zona el año pasado, me prometí visitar Antelope Canyon. Ha merecido la pena, aunque la entrada es demasiado cara: ($26). El tour más popular es el del mediodía, cuando los rayos del sol se cuelan por las grietas e iluminan directamente el suelo de arena.

A la salida me siento mareado, con dolor de cabeza. Cuando llego a la oficina central, le comento a la dependiente mis síntomas y le pregunto si tiene una aspirina. Tras mirarme, me dice que parezco estar deshidratado, y me recomienda que vaya al cercano hospital de Page.

Me siento en la recepción de urgencias, y al poco me atiende un médico (esta rapidez hubiera sido un milagro en Miami). Estoy deshidratado, no hay duda, me tienen que dar intravenosa y esperar. «¿Es absolutamente necesaria la intravenosa?» «No, pero...» «Entonces, perdone, pero no la quiero...». Me tratan como a un niño que se ha hecho pupa, se ve que están hartos de los turistas que vienen con estos mismos problemas. A la hora y media de entrar, y tras jurar en varias Biblias que voy a beber muchos líquidos, me voy. Mi hotel en Kanab está a hora y media, y llego y descanso el resto del día.

Día III. Lunes, 26 de mayo.

Me levanto antes que el sol, y me voy al precioso Parque Nacional de Zion. Justo antes del túnel que lleva por las escarpadas montañas, hay un sendero que conduce hasta el espectacular mirador del valle de Pine Crek. Son casi 4 kms. de ida y vuelta, pero merece la pena. Es un punto especial, se nota, y en el fondo se ve la curiosa formación del altar. Ya de bajada en el Valle de Zion, hay que ir al centro de visitantes para montarse en minibús. Debido al alto tráfico rodado, el parque ha suprimido la entrada a vehículos particulares, y ha dividido las atracciones en 10 paradas de minibús. Como es un lunes festivo, están a rebosar.

Me decido por dos senderos, Emerald Pools y Temple of Sinawava. Son senderos relativamente fáciles, sobre todo el segundo. Apenas son las 10 de la mañana, y ya empieza a hacer calor en el valle principal de Zion. A las 2 de la tarde estaremos a más de 35 grados. La subida de Emerald Pools es un poco empinada durante kilómetro y medio, y casi casi me rajo. Estoy cansado, el cuerpo no me pide senderismo esta mañana, sino descanso. Ya descansaré cuando sea viejo. Emerald Pools es una serie de tres estanques que adquieren, debido a ciertos hongos y parásitos, un tono esmeralda un mes al año. Ese debe ser el mes que merece la pena subir a verlo, porque por los demás, no. Debo admitir que la vista y el mirador del río Virgin es bonita, pero para el trajín habría que pensárselo.

Al bajar, mientras admiro a una ardilla, me tuerzo un tobillo. Al principio creo que es una torcedura normal y corriente, de las que se van en cinco minutos, pero no, el dolor dura y casi me tengo que quedar sentado media hora mientras se repone.

El sendero del Templo de Sinawava está asfaltado, y bastante transitado. Sigue el cañón río arriba, mientras se cierra poco a poco sobre el río. Al final del sendero hay que cruzar el Virgin y seguir por sendas menos marcadas y por el mismo río, hasta encontrarse con el cerradísimo cañón del Virgin, conocido como The Zion Narrows. Estoy cansado, llevo vaqueros largos, no estoy por la labor de mojarme. Me arrepentiré, pero decido volver.

En el minibús de vuelta al centro de visitantes, donde tengo mi coche, me fijo en un excursionista. Me fijo BASTANTE en un excursionista, algo que suelo disimular muy bien. Pero no lo puedo evitar, me veo tan solo y a él tan angelical...A eso de las 2 y media emprendo el camino a Las Vegas. Parece mentira, pero ya he andado más de 12 kilómetros.

La carretera de Zion hasta St. George es testigo de montañas escarpadas y del inicio del enorme desierto que es The Great Basin, esa cuenca fluvial sin salida al mar que cubre gran parte de los estados de Nevada y Utah, y pedacitos de California, Oregón, Idaho y Wyoming, con nada menos que 330.000 kms. Una de las bajadas espectaculares es la del río Virgin, que produce un angosto desfiladero que deja en paños menores al de Despeñaperros en España.

Había visto fotos del parque estatal Valley of Fire, ya llegando a Las Vegas, pero no me pareció mucho. Una atracción es una acequia natural llamada Mouse's Tank, donde un nativo de la tribu de los Pueblo fue acosado por los colonizadores. Hay que andar casi un kilómetro, a 36 grados, entre la arena y las rocas, para llegar hasta el puto charco. A la vuelta me siento tan frustrado que les digo a unos señores que no merece la pena (da igual, van de todas formas).

Llego a Las Vegas a las cinco. Hace un calor espectacular, esa franja de hoteles a lo bestia que se llama The Strip, está repleta de gente. En un día normal, las 125.000 camas de hotel de Las Vegas están ocupadas en un 90%. La ciudad,que tiene 9 de los 10 hoteles más grandes del mundo, siempre me ha parecido sumamente artificial, pero merece la pena visitarse, aunque sea para ver el bonito espectáculo musical que montan las fuentes del Hotel Bellaggio, o los suculentos bufés que ofrece cada hotel en una macabra competencia para ver quién te engorda más y quién logra quitarte el dinero antes.

Me voy de Las Vegas sin haberme jugado una perra chica en sus casinos. Conmigo han perdido dinero.

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