Ser gay
Si te digo que soy español, hablo inglés, me gusta la música, el deporte, soy periodista, soy gay y me encanta el cine, probablemente el hecho que más resalte sea el penúltimo. ¿No? Bueno, entonces seré un poco más sutil. Suponte que me ves en las siguientes situaciones: un adhesivo con la bandera española, oyendo la radio, bailando, escribiendo, besándome con un hombre o yendo al cine ¿Cuál te llamaría más la atención?
La respuesta es más bien obvia. ¿Soy diferente por ello? No, y aunque cada día más el mundo se acerca a esa opinión (aunque a veces aparente lo contrario), por el momento no concordamos la sociedad y yo. El capítulo de entrada para esta sección lo títulé originalmente En voz baja, porque hasta hace poco creía que no era un tema que se debía pregonar. La sexualidad es, principalmente, un asunto íntimo que no se debe compartir con terceros.
Sólo diré una cosa: es muy difícil no revelar la sexualidad. Debido a mis constantes cambios de trabajo, cada grupo de compañeros es una tábula rasa donde se puede comprobar esta teoría.
Te voy a dar varios ejemplos:
Me cambio de puesto para estar más cerca de las dos reporteras con las que trabajo. Dos hombres pasan, observan el cambio, y dicen tranquilamente: «Ya veo por qué te has cambiado, para estar más cerca de estas dos».
Una compañera se queja de dos chicas, lesbianas, se hayan besado durante una fiesta de la empresa. «Que hagan lo que quieran, pero no delante mío. ¡Qué asco!»
Otro compañero, cuando observa la cara de un grupo musical, exclama, «¡qué cara de maricones tienen!».
Otro más, casado y obviamente heterosexual, cuando es preguntado por qué no quiere donar sangre, suelta: «Es que soy maricón».
A todo esto se me contesta, cuando tengo que defenderme o expresar la ofensa cometida, «ah, perdona, no sabía que eras gay». Luego, en muchos casos, añaden con cierto aire de autoexcusa, «es que no pareces gay». O sea, que cuando no cumplo con su estereotipo de maricón, entonces están libres de insultar y ofender. Ese es el peor antihomosexualismo de todos, y probablemente el más ofensivo, pues se esconde tras el manto no sólo de la ignorancia, sino de la hipocresía.
Si alguien me vuelve a decir «ah, pero es que no pareces gay», creo que voy a estallar.
Claro, eso no quiere decir que me considere un ser absolutamente sexual. Mi sexualidad es una parte minoritaria de mi persona, pero aún así importante.
Los homosexuales hemos existido desde el principio de la historia, y tenemos emperadores (Alejandro Magno, Pu-Yi), reyes (Eduardo II de Inglaterra, Francisco de Asís, marido de la reina Isabel II de España), militares (Guillermo el Grande de Prusia, Ernest Röhm), y de todo un poco.
Pero además de los conocidos, somos los de la calle. Tus vecinos, tus hijos, tus padres, tus hermanos, tus primos, tus compañeros de trabajo y escuela. Estamos en casi todos los lados no porque nos pongamos de acuerdo, sino porque Dios nos hizo así. Y Dios nos lleva haciendo desde hace milenios, con represión y todo.
¿Qué es ser gay?
Me hacen gracia las personas que dicen que uno es gay por impresiones familiares, maternas o lo que sea. Podría dedicarle parrafadas enteras al tema, pero sencillamente te diré que soy gay y lo anuncio porque así soy yo. Es parte de mi vida, y no me voy a negar.